Capítulo
3. De El Bosque a Barcelona.
Un día vino un muchacho a pedir
trabajo al taller de Diego Castro, donde yo trabajaba, se lo dieron y nos hicimos
amigos, llegamos a tener bastante amistad, este era y sigue siendo José Rodríguez
Dorado. Un día me dice “Pepe, te vienes a Barcelona a trabajar”, le dije que sí.
Me fui a la ventura, sin colocación ni nada, lo hice con la idea de mejorar mi
situación para ir pensando en lo que todos los hombres creo que pensamos con
esa edad, en tener tu hogar, tu mujer y tus hijos. Ya Dorado había estado
trabajando con anterioridad y conocía más o menos aquello; arreglamos las
maletas y emprendimos una nueva aventura. Un siete de julio de mil novecientos
sesenta y seis llegamos a Sevilla, el tren salía a las siete de la tarde, a ese
tren le decían aquí en Sevilla El Catalán y en Barcelona El Sevillano. Salimos de Sevilla a las siete de la tarde, toda la
noche y todo el día, llegamos a las once de la noche del día siguiente. Los
autobuses ya no funcionaban, tuvimos que
alquilar un taxi para que nos llevara a Hospitalet al piso donde íbamos a vivir,
descansamos y al otro día no encontramos trabajo, todo el día para arriba y
para abajo y nada, ya empezaba uno a desmoralizarse porque sólo me quedaban cien
pesetas, que eran unos billetes que había, para colmo entré al servicio y se me
perdió la cartera, menos mal que era en el bar que parábamos los de El Bosque,
me parece que fue Pepe Vázquez, o el hermano Juan, quien me conoció por el
carnet de identidad y me dio la cartera. Al día siguiente tuvimos que recurrir
a un prestamista, ya Dorado había trabajado con ellos. Los prestamistas eran
unas gentes que tenían como unas sociedades o grupos que comerciaban con los
trabajadores, tenían unas oficinas, tu ibas te pedían tus datos y ellos estaban en contacto con las empresas y
tu ibas donde te mandaban, te decían: “vaya usted a tal sitio a tal hora”, y
los sábados te pasabas por la oficina a cobrar, recuerdo que a estos
prestamistas les decían Sabater.
En el parque Güell de Barcelona
Buscamos un nuevo piso donde vivir,
era un sobreático, sétima planta, parábamos cuatro: Dorado, Rafael Castellano,
un Cordobés y yo. Esos prestamistas nos mandaron a Dorado y a mí a una empresa
que se llamaba Cubiertas y Tejados,
parábamos en Hospitalet y la empresa estaba en Barcelona en Fabra y Puig, la
última estación del metro. Nos teníamos que levantar a las seis de la mañana para
empezar a trabajar a las ocho, primero cogíamos el autobús después el metro en
Santa Eulalia, de Santa Eulalia a Fabra y
Puig, había que atravesar toda Barcelona. El primer día de trabajo estábamos
como gallina en corral ajeno pero con el tiempo fuimos conociendo compañeros y
demás. Trabajé en carpintería pero la vida de la ciudad es vivir siempre
sobresaltado, salías de noche y entrabas igual, cenabas y ya tenías que
preparar el almuerzo para el día siguiente, te lo llevabas preparado del bar
donde comías porque sino no te daba tiempo a nada. Si perdías el autobús o el
metro ya llegabas tarde al trabajo, si picabas al entrar a la fabrica cinco
minutos más tarde te descontaban una hora, era un agobio continuo; muchas veces
no había autobús, ni metro, te pegabas unas pechas de andar que llegabas con
ganas de acostarte sin cenar.
Al poco tiempo, ese señor del bar que
se llamaba Pedro tenia un piso que alquilaba y el hermano de Dorado, Paco,
trabaja con él de camarero. El piso tenía tres habitaciones y nos fuimos los
tres, mejor dicho, nos fuimos Dorado y yo, Paco ya estaba allí. Nos vino todo
mucho mejor, todo lo teníamos en el mismo bloque; como Paco abría de madrugada
le decíamos por la noche lo que queríamos para el almuerzo y él nos lo
preparaba, así no teníamos nada más que cogerlo
y a huir.
Poco a poco conocí gentes, recuerdo
que yo tenía un reloj y la correa tenía los colores del Barcelona, azul y grana,
y este tal Pedro me levantaba el brazo y decía: “mirad un Andaluz del Barça”. Al
poco tiempo de estar en el taller nos mandaron a trabajar fuera, al parque de
atracciones de Montjuic, más lejos todavía y no sólo eso, si no que tenías que
subir unas escaleras que parecía que nunca se iban a acabar y todo esto
zumbando para no llegar tarde, me puse más fuerte pero delgado como un lápiz.
De paseo por Barcelona.
Una tarde, a la vuelta del trabajo,
nos enteramos que en la estación del metro de la plaza España habían chocado un
metro y un tren, no había ni taxis ni autobuses, todo ocupado, yo vi como a dos
autobuses se le rompían las lunas de atrás de las gentes que se metían, yo me
asusté y le dije a Dorado: ¡nos vamos andando!;
fuimos mirando si había algún taxi, pero nada, anduvimos por lo menos
ocho o diez kilómetros. Dorado fue un gran compañero en todo, los dos emigramos
a Barcelona con la idea de ahorrar algún dinero para el día de mañana tener tu
hogar como todo el mundo, él era, y seguirá siendo, un hombre que no malgastaba
los dineros, yo seguí por ese mismo camino; a él le gustaba el deporte más que
nada, principalmente el fútbol, de hecho jugaba en un equipo federado de
Hospitalet, jugaba bastante bien, claro,
yo como compañero a todos los sitios que iba allí estaba yo, me hicieron socio
del equipo y a todos los desplazamientos iba con él, se compró una cámara de
foto y durante los partidos yo le sacaba fotografías en blanco y negro, todavía
no las había de color, pero había algunas fotos que se las hice yo muy buenas,
algunas las conservará.
Una
vez ganaron un trofeo y la directiva organizó una fiesta, invitaron a
todos los socios y asistí como socio que era. Lo que pasa en las fiestas,
empezaron algunos a cantar y dijo Dorado: “este canta bien”, me hicieron
cantar, cante una, otra y otra, me escuchó el presidente del equipo y me quiso
llevar a radio Miramar a un concurso que había de cante, me dijo: “chaval, tu
cantas bien si quieres te presento a este concurso”, pero yo fui siempre muy
tímido y no quise.
Pepe y Dorado. |
Ahorrar mucho dinero no pude, se ganaba más que por aquí
pero no compensaba, los gastos eran más. Las cosas todas mas caras, además yo
estuve sólo seis meses, me compré ropa quizás traje en dinero unas tres mil
pesetas. Los gastos que tuve fue en la comida, una vez que otra que fuimos al
cine y tres veces que fui a ver el futbol al Nou Camp. Fui a ver el Barça-
Sevilla, Barça–Córdoba y al primer trofeo Joan Camper que fue en el año 1966,
fueron cuatro equipos: Barça, Nantes Francés, Anderlecht de Bélgica y el Colonia
de Alemania. El 30 de agosto el Barcelona de Roque Olsen inauguro el Trofeo venciendo al Anderlecht por
el tanteo de 2-1, primer gol a los nueve minutos marcado por Fuste después
marco Zaldúa. Al día siguiente jugaron el Nantes y el Colonia venciendo los
Alemanes en la prorroga por 3-2. Para tercer y cuarto puesto ganaron los Belgas
por un contundente resultado de 7-0, la final la ganó el Barça al Colonia por 3-1,
marcaron Rifé, Fuste y Vidal. Un partido buenísimo, muy duro por parte de los
Alemanes, de hecho Rife salió lesionado y tuvo que pasar por quirófano.
De estas cosas fueron las que disfruté,
lo demás mucho trabajo, inquietud y ese estrés de la ciudad. En el parque de
atracciones estuvimos un par de meses, después
fuimos otra vez al taller pero al mes, más o menos, nos dicen que había poco
trabajo y nos despidieron a cuatro: dos Gallegos, Dorado y yo. Posteriormente
nos mandaron al hospital San Pablo que tenía talleres propios de carpintería,
electricidad y fontanería. Estando allí algunas cosas nos fueron mucho mejor,
una de ellas fue que ya no nos preocupábamos de tener que llevar la comida porque
habían trabajado dos cordobeses, padre e hijo, y nos enseñaron un bar cerquita del
trabajo que daban comidas, nos gustó y allí almorzábamos. Teníamos una hora y
media libre para comer, había en la puerta de donde trabajábamos una explanada
grande y mientras llegaba la hora jugábamos al futbol. Recuerdo un día estando
jugando que uno tenía un pantalón vaquero y en el bolsillo de atrás tenía una
caja de cerillas, hizo una chilena y al
caer se le incendiaron, cuento esto como una anécdota curiosa.
Pues en dicho hospital había unos
pabellones grandísimos y de altura tendrían unos siete metros, me mandaron a
poner ventanas, ¡no veas a esa altura!. Tenían unos andamios que le decían púlpitos,
eran de hierro cuadrados y arriba tenían un entarimado con su barandal, ¡muy
bien!. Por un lado tenía las escaleras así que échate la ventana al hombro, en
la cintura una correa cargada con martillos, destornilladores, tenazas,
cepillos, agarrado con una mano subía paso a paso, con más miedo que vergüenza,
muchas veces pensaba: “si me caigo no veo mas a mi pueblo ni a mi gente nunca más”;
pero nunca dije esto no lo hago yo por temor que me dijeran: “pues esto es lo
que hay”- Esos fueron los trabajos más duros, después en el taller ya eran
trabajos diferentes y no tan peligrosos, por este taller fue por el último que
pasé, aprendí cosas que ignoraba, es lógico, y vi cosas que a lo mejor no las hubiese visto nunca. Estando trabajando
en este sitio todos los día pasamos por la puerta de la Sagrada Familia, es una
catedral muy bonita.
Pues así paso el tiempo, se fue
aproximando la fecha de volver, fue por la Navidad del mismo año, estuve solamente seis
meses, cuando faltaba poco concertamos el día que íbamos a volver, Dorado se
preocupó por sacar los billetes de tren con antelación, sacó tres billetes para
nosotros dos y un compañero que ya hace tiempo se fue de entre nosotros, este
compañero era Juan García Padrones, no se que fue lo que le pasó pero no pudo
venir. Dorado vendió el billete en la estación y recuperó su dinero. Cogimos el
tren en Barcelona para Sevilla con mucha alegría de volver con los tuyos.
Quiero contar otra anécdota que me
ocurrió, fue una coincidencia de esas que se dan en la vida. Viajábamos de madrugada,
Dorado y yo veníamos en el tren en segunda categoría y no había ni agua ni
corriente eléctrica, cogimos un pasillo muy largo para irnos a primera haber si podíamos lavarnos un poco y
afeitarnos, esto fue en Albacete en la estación de Chinchilla. Cuando veníamos
de regreso escuché unas voces: “abridme que me mato”, y le digo a Dorado: “escucha,
esa es la voz de Corralito”, así fue era Antonio Corrales, la puerta estaba
taponada con muchos bultos, sacas de correo, de todo y nos liamos a tirar bultos
para atrás y cuando nos vio decía: “me habéis salvado la vida” (…) “¡mira quienes
son!”, eso no se lo esperaba él nunca y menos nosotros, nos dio un abrazo que
no veas. Él venía de Alemania y se bajó para tomarse algo y comprarle una
navaja a Jaime y se quería subir por el
anden contrario, con el frío que hacia y agarrado a los dos tiradores de la
puerta pues, ¡figúrate!, se le quedan las manos heladas con la velocidad del
tren y sabe dios lo que le hubiese pasado, total después nos reíamos con él porqué
decía sus cosas: “ole los cojones de Corralito, una navajita para Jaime”. Dios
lo tenga en buen sitio, fue una persona que tenía su humor y sus cosas como
todo ser humano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario